La vocación no es una
experiencia reservada a unos pocos privilegiados, todos y cada uno de nosotros
somos llamados por Dios para llevar a cabo una misión dentro del proyecto que
Él tiene para su pueblo. La llamada es personal, Dios nos llama por nuestro
nombre, pero eso no significa que el fin de la llamada seamos nosotros, sino
que es la misión para la cual somos llamados.
La vocación al
sacerdocio es quizás la más difícil de entender, ya que el Señor te llama a
vaciarte de ti, renunciando a los egoísmos, al interés y al éxito personal,
para llenarte de Él, de Su Palabra, y así dar testimonio del Evangelio con tu
vida. El impulso primero es responder a la llamada, pero acto seguido aparecen
los miedos y las inseguridades. Como le ocurrió a Moisés, a Gedeón o a Isaías,
nos excusamos en nuestras limitaciones, pero tenemos que pensar que somos un
instrumento de Dios y que Él pone los medios necesarios cuando los nuestros
propios son escasos.
Me gusta imaginar que
soy una bombilla, incapaz de dar luz por sí misma, pero que alimentada con la
corriente eléctrica adecuada: con la Eucaristía, la lectura y estudio de la
Palabra, etc… es capaz de irradiar luz, pero una luzque no procede de ella sino
de Cristo. En el camino que empiezo ahora en el Seminario espero ser capaz de
reflejar durante el caminar una luz cada vez más brillante, teniendo siempre
presente que la fuente de la luz es Cristo.
Sobre mi vocación
concreta sólo comentar que el acercamiento a las Sagradas Escrituras fue quizás
el detonante; y agradecer la labor de acompañamiento en el discernir de dos
sacerdotes a los que tengo un profundo afecto, Andrés, mi párroco y Álvaro,
profesor y amigo de Sevilla. Si mi vocación es de Dios, espero desarrollar
algún día mi ministerio sacerdotal con la misma alegría y celo pastoral con que
ellos lo hacen.
Antonio
José Bárcenas, Parroquia de San Pedro Apóstol de Torredonjimeno
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